lunes, 30 de junio de 2008

INTERVENCIÓN DEL EXCMO. SR. OMAR DUDU EL FUTÍ

INTERVENCIÓN DEL EXCMO. SR. OMAR DUDU EL FUTÍ GOBERNADOR DEL MINISTERIO DEL INTERIOR DE RABAT

Organizado por la Cátedra Toledo, Universidad a Distancia, ha tenido lugar del 19 al 22 de mayo del 2008 el “Primer Seminario sobre Cultura del Islam” en Chauen.

El Excmo. Sr. OMAR DUDU EL FUTÍ autoriza para que la Ponencia que ofreció en este contexto, pueda ser publicada en la Península en los medios que creamos convenientes.

Tuvo una especial acogida esta intervención por el mensaje humano, que trasmite y la sinceridad con que fueron pronunciadas sus palabras, salidas de un corazón, que de padres a hijos, se han ido trasmitiendo el recuerdo imborrable de ser granadinos expulsados de sus tierras, por el solo hecho de ser musulmanes, según Pragmática de Felipe III del 1609. Con qué noble orgullo nos aportaba datos, el Sr. DUDU, luego ya entre comida y te verde con hierbabuena y mucho azúcar, que su familia procede de los exiliados de Guadix.

Estas palabras con recuerdos seculares de una familia accitana, atraviesan siglos de recuerdos amargos y perennes y porque el texto en si, de un valor incalculable, merece la pena ser escuchado en la Península para, por fin, rendir el homenaje que merece esta generación, que lucha en pleno siglo XXI ante nuestro Rey para que sus orígenes andaluces sean oficialmente reconocidos. Ellos son parte de nuestra identidad no perdida. Cuánto podrían aportar a nuestros anhelos de reconocimiento como andaluces en nuestra propio suelo. No olvidemos nunca los andaluces que realmente, lo que estamos es expulsados de la Historia.

Esta es íntegra la exposición del Sr. DUDU, Excmo. Sr. Gobernador de Rabat, sensibilizado de forma tan especial, como para la llamada que hace al mundo de hoy, no suene a discurso manido:

“ A lo largo y ancho de mi trayectoria he tenido especial interés en cuanto ha acontecido a los seres humanos, a sus culturas y sociedades, pero siempre desde la distancia y perspectiva crítica que me proporcionan mis múltiples identidades, todas ellas y sin exclusión, de igual valor y profundamente enriquecedoras. He observado, reflexionado y actuado siempre con la convicción de que el hombre constituye en si mismo el fin y no el instrumento al servicio de intereses o privilegios fraguados desde el desprecio a la dignidad intrínseca a todos los miembros de la humanidad.

He rechazado y combatido sin ambages la injusticia y la violencia de cualquier tipo, y perseguido con ahínco la cohesión de nuestras sociedades, el progreso social y he procurado propiciar una relación armoniosa, justa, pacífica y respetuosa entre nuestras distintas comunidades.

Es este ideal y mi descendencia andalusí lo que han despertado también en mí una particular predilección por los asuntos andalusíes, que abarcan la tragedia de la expulsión de los musulmanes españoles a manos de la intolerancia, la precaria existencia de aquellos millones de seres humanos que sufrieron el drama de la persecución y el exilio, o la necesidad de una justa reparación jurídica y moral que, cinco siglos después incomprensiblemente aún no ha llegado.

Durante siglos y tras aquella historia de muerte, destrucción y destierro, las voces de aquellos españoles permanecieron en la penumbra de quienes venían defendiendo con ahínco el sectarismo, la intolerancia y los perjuicios, que lejos de remitir se producen hoy a golpe de acontecimiento.

Y es que hoy, cinco siglos después, cuando el mundo y sus portavoces nos anuncian un conflicto que se refiere como irremediable, es hoy cuando la identidad religiosa y cultural se nos presenta como fuente de conflictos; es hoy cuando las civilizaciones se pretenden impermeables; es hoy precisamente y ahora cuando el legado andalusí cobra una vigencia extraordinaria y resulta más que nunca un instrumento necesario para afrontar los retos de una sociedad diversa, al tiempo que tan mecanizada y no pocas veces deshumanizada.

Los terribles augurios, el conflicto tantas veces anunciado, los pronósticos acerca de una eventual confrontación pertenecen a ese grupo de ideas, a esas familias que entendieron el mundo enfrentado y dividido en razas, clases, sexos, etc.

Ante ello sólo cabe recordar que los ideales de aquella civilización, la Andalusí, esto es, el sincretismo, el intercambio cultural y científico, el respeto a la identidad cultural, el derecho a la diferencia, el convencimiento de que la diversidad cultural es, en si misma, algo muy positivo para la sociedad, pues enriquece al individuo y a la polis, constituyen también el único antídoto frente a este nuevo colonialismo, que identifica la cultura de la metrópoli dominante con los mejores valores reduciendo las culturas de los pueblos a una suerte de folklore occidental, así como antídoto también, frente a la reacción que ésta suscita, esto es el fundamentalismo que concibe la cultura como algo inmodificable, a histórica e ideal, rechazando toda aportación de los otros.

Nuestras sociedades son plurales. Ya no podemos eludir la existencia del otro. La realidad hace imposible evitar la mutua interferencia. Y en caso de conflicto, éste no puede resolverse con el triunfo de una de las partes. Estamos forzados a coexistir, pues la destrucción del otro, en cualquiera de sus formas, no es conveniente.

De ahí que si queremos convivir en nuestras sociedades plurales, si nuestro propósito es el de prevenir los conflictos o acaso encontrar una solución justa de los mismos, será necesario abandonar el etnocentrismo (juzgar desde nuestro reducido y exclusivo prisma) y el relativismo (que niega todo valor a la razón), optar por un decidido y verdadero diálogo, que necesita irremediablemente de un consenso de fondo, de una racionalidad mínima compartida por todos, sin lo cual resulta imposible el referido diálogo (la aceptación de los Derechos Humanos, las instituciones comúnmente aceptadas aunque requieran adaptación y mejora, etc.), y también cierto distanciamiento crítico respecto de la propia cultura sin que ello signifique merma de nuestra identidad. En definitiva tal cual refiere mi entrañable amigo y gran escritor Juan Goytisolo, resulta necesaria la crítica de la cultura propia y el respeto de las ajenas en lo que tienen de respetable. Goytisolo insiste a lo largo de toda su obra en esa necesidad de señalar lo negativo y las contradicciones de lo propio y en destacar los aspectos positivos de lo ajeno.

Este diálogo no debe limitarse como hasta ahora a una mera comunicación superflua. No puede limitarse a conferencias y a fiestas. El diálogo que aquí demandamos ha de hacerse en pie de igualdad, desde el reconocimiento del otro, desde la superación del desconocimiento y los perjuicios. Este diálogo deberá aprovechar las convergencias y aceptar que las culturas no son autosuficientes, es decir, que no puede desarrollarse aisladamente, sino en constante intercambio e interdependencia entre ellas. Las culturas se necesitan las unas a las otras.

En definitiva, el verdadero diálogo exige reconocer en el otro valores, dignidad, racionalidad, así como reconocer los fallos propios y las verdades ajenas.

Fue en el fructífero diálogo con las otras religiones, el constante y sincero interés por las demás culturas, lo que permitió que aquella sociedad de la Edad Media alcanzara un grado de desarrollo tan elevado, convirtiéndose en la civilización más refinada de todo occidente y oriente.

Efectivamente, el respeto y el diálogo bien entendido, base de aquella civilización, hicieron posible la España de las tres culturas, y es esa herencia la que habrá de permitir la construcción de un mundo formado por comunidades abiertas al diálogo interno y externo, respetuosas con el individuo y su dignidad, comunidades dispuestas a aprender de los otros y a fomentar una relación armoniosa y pacífica entre los pueblos.

En definitiva, el diálogo así entendido, tal cual nos enseña la herencia andalusí, nos permitirá plantear un modelo alternativo a este mundo herido por las desigualdades, el hambre y el colapso medio ambiental. El verdadero diálogo permitirá restablecer el vínculo del hombre con su entorno y sus semejantes. El diálogo, como proclama Octavio Paz, es ese justo medio que nos ayuda a tener raíces a la vez que alas.

La herencia andalusí, patrimonio de la humanidad, encarna como ninguna otra civilización, los valores humanos y universales, y su reconocimiento y justa reparación que habrán de obtener los descendientes de aquellos desterrados, permitirá graduar la altura moral de nuestra sociedad, el grado de desarrollo de la democracia y permitirá la definitiva reconciliación histórica, que pasa indefectiblemente por permitir la reparación, siquiera simbólica de aquellos españoles musulmanes, los últimos “HETERODOXOS” de nuestra historia.

Firmado: Omar DUDU EL FUNTÍ